BIBLIOGRAFíA // Textos

De lo urbano a la urbanalización, del ciudadano al consumidor; miradas ácidas y sonrisas burlonas.

Margarita Aizpuru // Comisaria.

Desde hace décadas se discute el fenómeno de la globalización y de su repercusión sobre todas las esferas vitales. Si todo lo que nos rodea está haciéndose “global”, lo mismo está pasando con las ciudades. Asistimos en nuestras sociedades occidentales contemporáneas a procesos de globalización urbana,  a una progresiva ampliación y extensión de la ciudad a esos espacios antes circundantes y paisajísticos no urbanos, que son sustituidos por lo urbano estandarizado, homogeneizándolos y banalizándolos, creando repeticiones clónicas en espacios y lugares muy diferentes con independencia de su idiosincrasia sociocultural específica. “Más que de urbanización podemos hablar entonces de ‘urbanalización’: los espacios públicos son utilizados como ‘playas de ocio’; se establecen programas de seguridad y vigilancia urbana de manera estandarizada; se desarrolla un consumo de la ciudad ‘a tiempo parcial’, en función de la importancia que llegan a tener  las poblaciones temporales y visitantes; se multiplican los barrios residenciales de casas en hilera, extendiéndose de forma clónica en las afueras de los centros urbanos, hacia los cuatro puntos cardinales. A veces, parecería incluso que fragmentos de unas ciudades son literalmente clonadas en otras”[i].

En línea con estas ideas y discurso, Julie Rivera ha estado investigando estos últimos años sobre la lógica que rige los itinerarios, el uso de los espacios y el tiempo en los centros comerciales y de ocio y como éstos se han ido exportando a los espacios de la ciudad. Para ello, muchas capitales europeas en sus procesos de rehabilitación han copiado fórmulas y estrategias de marketing de estos espacios a través de un proceso de “urbanalización”. Un ejemplo de ello es la tematización de los cascos históricos en su proceso de “brandificación”, pues, como dirá la propia artista, “las aparentes diferencias o ‘marcas’ de autenticidad en las diferentes ciudades son gestionadas de la misma manera que se gestionan los centros comerciales en su versión híbrida con los parques temáticos, reduciendo la ciudad a una simple proyección de su imagen-marca, descargándola de toda su complejidad, y por tanto, mostrando su versión más digerible”.

A partir de estas premisas, Julie Rivera articula su proyecto expositivo titulado La arquitectura de la felicidad para el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Ella viene trabajando, desde hace unos años, sobre los espacios arquitectónicos en interrelación con otras áreas disciplinares como la psicología, el urbanismo y el marketing que son aplicados de forma sinergética por los mercados y las entidades que programan las políticas económicas, a través del diseño de los expertos a su servicio, con el objetivo de potenciar y conseguir un consumo altamente eficaz, haciendo uso de estrategias más modernizadas, multidisciplinares y globalizadas, diseñando espacios dirigidos a tal fin consumista. Ha venido centrando su atención fundamentalmente en los espacios de ocio y consumo, en su organización interna y en la generación de comportamientos y pautas de conducta que producen todo un estilo de vida tanto en el interior de estos espacios como en sus alrededores.

Dentro de sus trabajos sobre estas temáticas se encuentra el proyecto Shall we…dance? que incluye una serie de acciones grabadas en vídeo en distintos centros comerciales y, en algunos casos, también fotografías. En él fija su atención en estos centros porque son paradigmáticos del consumo voraz y masivo. Un consumo incitado mediante manipulaciones espaciales que establecen controles que llegan hasta el movimiento corporal de los usuarios, a su forma de desplazarse, a los itinerarios a seguir, a la estandarización de comportamientos, aletargados por grandes dosis de sugestión consumista. Espacios transformados y ofrecidos como integrales, porque “se puede hacer de todo”: comprar objetos diversos de todo tipo, comer, ir al cine, dejar a los niños en estandarizadas zonas de juego, ir a la peluquería, etc. Es decir, encerrados dentro de un circuito espacial diseñado para consumir. Un consumo que deja de ser un medio para convertirse en un fin en sí mismo, y que se potencia y direcciona con todo tipo de estrategias multidireccionales.

Shall we…dance? ¿Podemos bailar en Barcelona? (2006) es uno de los trabajos de ese proyecto central, que partió de una intervención donde ejecutó una acción de movimiento corporal en la entrada principal de Caixaforum, donde se ubican dos elementos arquitectónicos que regulan y condicionan el tránsito: unas escaleras mecánicas y unas puertas giratorias, que generan una especie de coreografía en el espacio y que controlan el tiempo de entrada y salida del recinto, a la vez que condicionan y homogeneizan el movimiento corporal y las miradas del público. La intención de Julie Rivera era interactuar con esa coreografía espacial mediante la creación de una coreografía propia. Así, seis mujeres artistas residentes en Barcelona realizaron una coreografía corporal al lado del movimiento del público que entraba y salía del recinto, y del maquinal de puertas y escaleras, componiendo una coreografía global de coreografías específicas superpuestas. Julie Rivera quiso que las seis artistas representaran de alguna manera a “las chicas nómadas de Tokio”, un nombre con el que el arquitecto japonés Toyo Ito describe a un tipo de personas de las grandes ciudades actuales del “primer mundo”, fundamentalmente muchachas que viven solas y vagan por la gran megalópolis de los media que es Tokio, y en el significado de casa para ellas, desperdigada por toda la ciudad, al utilizar los fragmentos del espacio urbano en forma de collage. Para la muchacha nómada “el salón es el café, el bar y el teatro, el comedor es el restaurante, el armario es la boutique y el jardín es el club deportivo. La muchacha nómada deambula por estos espacios muy de moda y pasa la vida cotidiana en un ensueño”[ii]. Estas indagaciones de Toyo Ito interesan a Julie Rivera, quien se refiere a él,  en forma de guiño y es por eso que en estas obras la artista utiliza sólo a mujeres. Unas acciones que se centran en el movimiento corporal coreografiado como un recurso con el que trabajar  el recorrido del espacio desde el propio recorrido trazado por el movimiento de los cuerpos, suavizados y ralentizados, basados en el aeróbic y alejados del concepto de danza. Ello dio como resultado un vídeo corto de un minuto exhibido en loop y acompañado por una serie de fotografías que documentan la acción, sobre un fondo de pared en color rojo.

Shall we…dance? ¿Podemos bailar en Cádiz? (2007) se desarrolla en el mismo sentido que la obra anterior. Esta vez la intervención se produjo en un centro comercial de Jerez de la Frontera, Cádiz. Siguiendo una estructura parecida de grabación a la producida en Barcelona, siguió haciendo uso de los elementos mediadores del movimiento, como las escaleras mecánicas, manteniendo una imagen de repetición y de globalización, pero acentuando pequeñas notas de especificidades locales, como es la elección, en este caso, de diez bailarinas de flamenco del Conservatorio de Cádiz, quienes representaron una coreografía de la artista y bailarina Gabriele Muñagorri, quien adaptó los movimientos y baile flamenco a un movimiento pausado cercano al caminar. En esta acción se añadió una tercera coreografía consistente en incorporar a unos jóvenes que realizaban parkour (proveniente del francés parcourir), al que sus seguidores llaman “el arte del desplazamiento”, una práctica urbana similar al skate, pero utilizando sólo el propio cuerpo, con el que sus practicantes realizan sus propios recorridos a través de la ciudad, saltándose los obstáculos encontrados. El proyecto se formaliza plásticamente en una instalación que se compone de dos vídeos, que son dos tomas distintas de las mismas acciones, y una pequeña caja de luz a modo de panel explicativo.

Finalmente, el tercer trabajo en la línea que venimos enunciando sería Shall we…dance? ¿Podemos bailar en Caracas? (2008). En este caso las grabaciones de vídeo se efectuaron en dos centros comerciales de Caracas, la Mercedes Mall y la Fashion Mall Tolón, situados en urbanizaciones de residentes de clase media-alta, siendo los objetivos y estructura de grabación similar a los anteriores. Pero además, en Caracas todo esto se intensifica aún más y de forma radical. Y es que es una de las ciudades con más violencia callejera del mundo. No existe un espacio público tal cual lo podemos entender en Europa, lo cual produce que por muchas zonas no se pueda pasear, ni hacer uso libre de calles. Por eso los centros comerciales, extremadamente vigilados en su interior y en sus entradas, son concebidos a modo de búnker de protección y aislamiento, siendo sumamente protagónicos en la vida de las gentes, constituyéndose en un espacio para el consumo y también para la relación. Apoyada técnicamente por la embajada española, Julie Rivera realizó intervenciones en esos dos espacios, también con una serie de bailarinas, contando aquí con la colaboración de la coreógrafa y bailarina de danzas tradicionales venezolanas Xiomara Vasconcelos, quien desarrolló la coreografía en el mismo sentido conceptual y estético de los bailes anteriores, con alguna referencia a las danzas locales.

Además, se integran en esta exposición otros dos trabajos que, partiendo de los mismos parámetros conceptuales y discursivos de las obras analizadas, expanden su ámbito de investigación, su mirada y ejecución formal plástica más allá de los centros comerciales. Se trata de los titulados, Non-City Caracas (2008) y El Paraíso de las Damas (2007). Ambos se centran en cómo la planificación de los interiores de los centros comerciales y sus estrategias espaciales encaminadas al consumo, condicionan y favorecen la organización de todo un estilo de vida a su alrededor.

De Non-City Caracas (2008) se incluyen aquí un trabajo compuesto por una maqueta arquitectónica en metacrilato pulido y cartón, que incorpora un anillo de plata con la forma de un coche Hummer y se acompaña de un vídeo. La maqueta se refiere a una zona residencial de la ciudad de Caracas, con su centro comercial, ubicándose dentro de ella un anillo de plata que reproduce un coche Hummer, vehículo propio de un tipo de usuarios de estas zonas residenciales, que es objeto de deseo por parte de los caraqueños. Este anillo fue utilizado por un residente de esta zona, a la vez que conducía su propio todo terreno Hummer, siendo el guía para efectuar un recorrido entre su casa y un centro comercial, desplazamiento y el recorrido que realizan una gran cantidad de ciudadanos en coche en una ciudad de intensa violencia urbana y complejidad urbanística. Una vez que nuestro residente protagonista llega al centro comercial, con su anillo Hummer, empieza otro recorrido dentro del ascensor transparente de cristal a través del cual se ven las distintas plantas de dicho centro, grabándolo en vídeo y describiendo visualmente el recorrido, a modo de un paseo por ese espacio genérico y estandarizado, en definitiva un no-lugar.

Algo similar a lo que ocurre en otro trabajo que se incluye en la muestra, el titulado El Paraíso de las Damas (2007), que es a su vez el título de una obra del escritor francés Emilè Zola sobre el surgimiento de uno de los primeros grandes almacenes de París y el nacimiento, con él, de este tipo de consumo masivo. Un trabajo también compuesto de varias partes o piezas. De una maqueta realizada en metacrilato de una zona urbanizada ya existente, lo cual le permitió tener una imagen más distante de ella, dentro de la cual se incluyen, en esta ocasión, tres anillos de plata en forma de casas unifamiliares aludiendo a este tipo de construcciones que son clones unas de otras, formando un paisaje monótono y lineal interminable, rodeando a los centros comerciales, también genéricos, estándares y homogéneos. No-lugares convertidos en espacios de ocio, interrelación y paseo, paradigmas de un consumo múltiple y eufórico que se ofrece de forma ficcional y banal como sustituto de la plenitud y la felicidad, otorgando signos de una determinada identidad construida y diseñada sobre lo que se posee, se consume, se viste y lugar donde se vive. Esta pieza se complementa con unas fotografías de pequeño formato que documentan el recorrido en coche efectuado por un residente de una de estas viviendas unifamiliares, en una urbanización de Jerez de la Frontera, desde su propia casa hasta el interior de un centro comercial.

Por otro lado, hay que añadir en esta muestra, un collage fotográfico, Work-in-progress, integrado por numerosas imágenes que funcionan como documentación, a modo de cuaderno de bitácora, del proceso de trabajo seguido por la artista desde que empezó a desarrollar sus creaciones en solitario. En él se encuentran imágenes seleccionadas de distintos proyectos, reflejando así las fases evolutivas de sus trabajos.

Finalmente, hay que añadir unos proyectos específicos pensados, ejecutados y producidos para esta exposición; unos trabajos en los cuales, Julie Rivera ya ha salido de los centros comerciales y de sus alrededores para adentrarse en la ciudad, invadida por las mismas estrategias de consumo y marketing, y por los de “urbanalización” y “brandificación” pensados para aquellos centros. Ahora fija su mirada en dos ciudades, Sevilla y Barcelona, tan aparentemente diferentes y a la vez tan iguales. Y es que, a pesar de no encontrarse ni en la misma cultura, ni origen socio histórico, ni tipología arquitectónica sucesiva, todo, hasta la vida, se va homogeneizando entre estas dos ciudades. Y es que las estrategias de comercialización y venta de productos y servicios se hacen cada vez más complejas y sofisticadas, convirtiéndolo casi todo en una actividad de consumo estandarizada y genérica; transformando en mercancía la cultura, el ocio y cada vez más las relaciones sociales y muchas actividades humanas; conformando nuestras actitudes y nuestras miradas de usuarios y consumidores, alejados cada vez más de la conciencia y experiencia de ciudadanía. Y es esta forma de relacionarnos y comportarnos, originaria del centro comercial, la que se ha expandido fuera de ese ámbito, invadiendo la ciudad y nuestras vidas. Aunque de forma más sutil, muchos espacios de nuestras ciudades tales como hoteles, oficinas, centros culturales, lugares de ocio y descanso, e incluso, algunos museos y áreas urbanas, imitan los interiores del centro comercial, sus espacios, recorridos y formatos. Un ejemplo de ello es la conversión de parte de los centros históricos en zonas de turismo y consumo, concentrando allí tiendas diversas y cerrando los espacios al tráfico rodado.

Ubicados en estas constataciones se encuentran los nuevos trabajos de Julie Rivera, La arquitectura de la felicidad, Barcelona y La arquitectura de la felicidad, Sevilla; dos títulos tristemente irónicos sobre lo que está ocurriendo. Ambos se configuran en varias piezas interdependientes entre sí, dentro del mismo hilo conceptual y discursivo desarrollado por la artista y argumental que venimos enunciando; se trata de dos vídeos, dos maquetas y algunas fotografías con destino al panel fotográfico de documentación Work-in-progress.

Estas obras se refieren al mercado de edificios y espacios urbanos difundidos como marcas atractivas y atrayentes de la ciudad con el objetivo de amplificar el número de consumidores y favorecer el consumo, a través de estrategias de marketing a gran escala, conllevando una “planificación” y estandarización de la imagen de las ciudades, convertidas en escenarios de venta de productos diversos.

Ambas maquetas, construidas en metacrilato y algunos de los edificios emblemáticos en plata, son circulares, en forma de corona, para poder ser usadas por la artista, colocadas en su cabeza, en las acciones efectuadas en distintos espacios seleccionados de cada una de las dos ciudades. Unas acciones o performances llevadas a cabo por la artista, realizando un recorrido, en el caso de Barcelona a pie, y en el de Sevilla parte a pie y parte subida en el tranvía, usado también como espacio, que recuerda a los existentes en el interior de los parques temáticos, para visitar edificios como el hotel EME o el recién inaugurado Metrosol-Parasol, edificio paradigmático de las ideas que venimos planteando.

Los sitios emblemáticos de los cascos históricos de ambas ciudades fueron filmados por la artista, con ayuda técnica, mientras ella realizaba las acciones de visitarlos, en cada ocasión con la correspondiente corona maqueta encima de su cabeza, a modo de soporte humano de esas imágenes-marca “chicheadas” de las dos ciudades. Los sitios físicos eran visitados, recorridos sus espacios, a la vez que los mismos eran portados como maquetas-corona, como objetos banalizados de edificios y lugares despojados de toda connotación socio-histórica y cultural, haciendo referencia y guiños a los objetos banalizados de las tiendas de souvenirs de los centros históricos de las ciudades, consumidos a mansalva por miles de turistas cada año.

Por último, se presenta un nuevo vídeo denominado I enjoy my mall life, en el cual se plasma cómo la globalización también afecta a los comportamientos y a las formas de vida, que son cada vez más similares en los distintos lugares del mundo, como lo son, incluso, los restaurantes y los menús estandarizados ofrecidos. Se trata de un audiovisual compuesto de dos vídeos sincronizados, incluyendo cada uno dos imágenes de sendas perspectivas en picado de mesas servidas con platos llenos de alimentos de distintas partes del mundo. En cada mesa seis chicas comensales que, así mismo y de forma que nos recuerda los movimientos corporales coreografiados de los proyectos Shall we…dance?, realizan unos movimientos sincronizados, a modo de coreografía, sentadas en la mesa y comiendo. Un movimiento homogéneo y reiterado de chicas, enfrentadas en la mesa rectangular de tres en tres, reforzando la sensación de acción que se repite en el espacio y en el tiempo, siendo lo único que cambia la comida de distintos lugares y culturas. Comidas locales pasadas por el filtro de la comercialización global, ofrecida en espacios comerciales estandarizados, produciendo comportamientos clónicos y previsiblemente determinados, para unas vidas en las que el consumo se ofrece como paradigma de la felicidad.


[i] Muñoz, Francesc. Urbanalización: paisajes comunes, lugares globales. Barcelona, Gustavo Gili, 2010.

[ii] Ito, Toyo. El Pao de las muchachas nómadas de Tokio. Escritos (Traducción de Maite Shigeko Suzuki). Valencia, Colegio Oficial de Arquitectos Técnicos y Aparejadores de Murcia, 2000, pp. 61-65.